253

1

Un fuerte zumbido del destartalado aire acondicionado abrigaba toda la sala. Era el número 253 por llamar… Iban por el 53. ¿Qué iba a hacer con todo este tiempo libre? Me preguntaba a mí mismo. Todas las sillas estaban llenas, afuera llovía fuerte, yo seguía mojado y hacía un endemoniado frío. De mi cabeza caían ríos de agua, el autobús me había dejado dos paradas después de la mía porque me quedé dormido en la ruta. Genial. Simplemente genial.

Lo que más se escuchaba era a los niños llorando. Habían demasiados niños llorando. Me sentía el maestro de ceremonia de una orquesta sinfónica de llanto infantil. Tenía un papel en la mano que decía “253” que suponía había salido de la máquina que estaba pegada entre la ventanilla 6 y 7 de la gran sala en la que me encontraba. ¿Qué hacía aquí? Ah, sí. Buscarle unos medicamentos a mi abuela. Mi grandiosa y dulce abuela. La maldita vieja se había ido a jugar bingo y como su vida era más interesante que la mía ahora me encontraba aquí, 200 números por detrás del mío, esperando para conseguir… ¿Cómo se llamaban los medicamento? Busqué rápidamente y asustado el papel que me había dado la señora el día de ayer cuando me “mandó” a buscarle sus pastillas. Clocamatrán, Pentonil, Cirulo, Tuzicelpan.

-Buen día, joven- le dije a la señora de unos 50 años de la ventanilla 7.

-Señor, ya le dije que espere a que llegue su turno-

-¿Cuándo me lo dijo?-

-Hace unos 15 minutos cuando me dijo “buen día, joven”- sus ojos estaban apagados y parecía que los únicos músculos de la cara que movía eran los de la boca.

-¿Está segura que esta es la sala correcta? ¿No estoy en la de neonatos, natos, postnatos?- pregunté, intentando ser gracioso.

-Esta es la sala de retiro de medicamentos. Debe esperar su turno. Doscientos… Cincuenta… Y… Tres. 253. Cuando vea el número en rojo en ese cuadrado gigante en la pared entonces se acerca a mí, y yo con mucho gusto le despacho lo que tengamos en inventario-

Me le quedé mirando intentando desesperadamente encontrar el sarcasmo en su voz o mirada, pero no. Doscientos… Cincuenta… Y… Tres. 253. Ya iban por el 58. Me metí el diminuto papel en el bolsillo derecho delantero de mi jean mojado. Regresé a mi pequeño espacio en la pared al lado de una de las ventanas con el paraguas que había comprado al entrar al edificio, haciendo un reguero por el suelo y me recosté mirando a mi alrededor. Solo veía las nucas de las personas que se encontraban sentadas mirando hacia las ventanillas, como en una sala de cine del horror. Estornudé y las personas a mi lado me observaron. ¿Qué? ¿Acaso no se puede estornudar en un hospital?

“Mientras tanto en Guadatal podemos informar que se encuentran inundados los ríos Zacatahualpa, Maribel y Amarilo. El Equipo Fronterizo para la Protección Civil, EFROPRO, se encuentra en el área evacuando a los damnificados. A continuación, más detalles de nuestra corresponsal Jimena Soto…”

La televisión era un aliciente muy alegre a esta hora de la mañana en esta sala fría y llena en la que se combinaban risueños los llantos de niños, toses, estornudos y carraspeos. Debía salir de aquí… Cuanto antes… Doscientos cincuenta y tres. 253. Tenía tiempo.

2

Me acerqué al concurrido elevador solo para saber cuántos pisos tenía el edificio. Mi hermosa abuela me había indicado que subiera ipsofactamente apenas me bajara de la parada 33, al piso 4, doblara a la derecha cuando saliera de las escaleras, pasara la unidad de quemados y me dirigiera a la tercera puerta a mano izquierda que decía en grande “Retiro de medicamentos”. Ahora que había completado una cuarta parte de la diligencia quería explorar, simplemente hacer el tiempo más corto. 253.

De tin marin de do pingüe cucara macara titiri fue, yo no fui, fue pepe, pégale, pégale que ella fue. Piso 11.

Subí hasta el octavo en una carrera por las escaleras. La suerte me lanzó un escupitajo y el elevador se detuvo ahí. Apreté con mi dedo pulgar derecho el botoncito circular con un 11 medio pelado y vi cómo su luz verde se encendía. Esperé mientras olía la fragancia peculiar de lo esterilizado y la muerte.

¡TIN!  Se abrió la puerta.

Salí del elevador con las cinco personas que en él se encontraban, dos de ellas vestidas de verde con mascarillas y zapatos con cobertor para no dañar la tan importante suela y no llevarse bacterias inapropiadas a otras áreas del hospital. Leí el tablero que estaba en la entrada de esa doble puerta: “Pasillo de Recuperación”.

¿De qué se recuperan?- pensé.

 Abrí la puerta.

Déjà vu de toses, estornudos, y uno que otro llanto, pero esta vez de adulto. Caminé mirando hacia las puertas por las que iba pasando, el ser humano es por naturaleza un vidajeno.

-Muchacho, ven- seguí de largo.

-¡EH MUCHACHO!-  avancé más rápido. El señor no insistió. El cuarto en el que estaba olía a mierda seca.

De pronto me encontré en un gran espacio abierto, observé hacia un lado y vi que la sala se abría a un área de recreación para adultos.

¿Para adultos?-

Un joven de más o menos mi edad jugaba con un laberinto de madera de esos para niños de 6 meses, pero en versión de adulto… Que al final y al cabo era para niño también.

Un señor de unos 60 años miraba mesmerizado un mastodonte de madera que armaba y volvía a desarmar.

Una señora de 50 años gritaba emocionada con una cara de  madera entre las piernas, poniéndole y quitándole ojos de diferentes colores, nariz y boca. También le agregaba partes adicionales como cabellos de diferentes formas, lentes, y bigotes. Se encontraba en el éxtasis gritando como si se hubiera ganado un millón de dólares en el casino.

… Y un señor de quizá 80 años jugaba en un pequeño banco de madera para futuros carpinteros de esos que los niños usan para improvisarse como albañiles lleno de herramientas y piezas…

¿Dónde mierda me encontraba?-

-Disculpe, señor. ¿Tiene identificación?- se me había acercado otro chico de mi edad que sí se notaba cuerdo y me miraba curioso con la mano abierta al frente de mí, como pidiendo que pusiera algo sobre ella.

-¿Identificación?-

-Sí, señor. Se encuentra en la sala de recuperación y si es visitante debe llevar identificación. ¿Viene a visitar a alguien?-

-Creo, no estoy seguro de que esté aquí. La chica me dijo que iba a averiguar-

-Ah, entonces ya lo atienden-

-Así es-

-Disculpe, señor. ¿La joven le indicó que debía llevar identificación?-

-Pues me dijo que esperara un momento, me pidió mi nombre y se fue-

-En efecto, debe ser que ya regresa con el sticker con su nombre. Disculpe nuevamente cualquier inconveniente-

Y se alejó.

Seguí caminando y observé un poco más al pequeño grupo reunido en el vasto espacio de esa parte de la sala. ¿Por qué todos los juguetes eran para niños, de madera, y sin bordes filosos? ¿Dónde está la diversión en eso?

-¡EH MUCHACHO!- olía a mierda seca a mis espaldas. Me detuve petrificado y un escalofrío me recorrió.

3

-No seas tan maleducado y no me ignores así cuando te hablo- Me agarró del brazo y me jaló con él. Señor Mierda Seca.

-¿Esta era la estampilla de la que me hablabas?- me sentó en su cama, abrió un cajón y sacó un álbum filatélico lleno de ellas. Su dedo sucio con su uña mugrienta señalaban una pequeña de color verde oliva que rezaba “Cadena real de 1804. Albert Zpinsky”-.

-¿Conoció a Albert Zpinsky?- le pregunté, sonriendo.

-¡PUES CLARO QUE SI! Descubrimos juntos las Rosas del Cairo en el ‘84. Luego de aplacar la batalla civil de Wrendelwald en Svotzki- yo asentía emocionado.

-Napoleón un poco antes de lo de Waterloo me dijo que Zpinsky sería grande. Yo no le hice caso, pero él me insistió. Debo admitir que el pobre hombre tenía razón-

-Señor, su estampilla dice 1804 y la batalla de Waterloo fue en 1815…-

-¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE!-

Salí corriendo del lugar.

-¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE!-

Todavía se escuchaba cuando cerré la puerta de su cuarto. Una enfermera pasó y se me quedó mirando.

Mierda, la identificación- pensé. Y salí de la sala.

Al frente de ese pabellón había otro que rezaba “Hemodiálisis”.

-Ni mierda- y subí al piso 12.

Me senté en una sala parecida a la del piso 4 en la que también había un cuadrado grande con números en rojo que señalaba el número ciento ochenta y seis. 186.

-… Y siguió aporreando duro la puerta, esperando a que Mario le abriera. Siguió y siguió hasta las casi tres de la madrugada y el desgraciado nunca le abrió…-

-Pero qué fue lo que Dulce hizo-

-¿Dulce? Más bien Amarga. Pues que lo engañó. Qué más. La encontró en el parque de la quinta cuadra besándose con el haragán de Daniel. La muy pendeja ni en una esquina se metió. Pensando que el pobre desgraciado de Mario estaba en su ronda en la pesquería-

-¿Con Daniel? ¿Daniel? Madre santa, a ese Daniel sí que los leones se lo van a comer-

Una de las señoras rio tan fuerte que la flema casi se le sale de la boca al toser.

-Se rumora que está embarazada…-

-Daniel… Ahí sí que tenemos bochinche para rato en el pueblo-

-¿Pero es que acaso no sabes que Daniel ya ha sido padre cuatro veces y que a los cuatro los tiene desamparados? Si acaso les lleva un racimo de uvas verdes dañadas de vez en cuando…-

-Oh qué dramática te has vuelto, Vertulia-

-Pero Migdalia, si tú conoces a ese Daniel. Ese fue el Daniel que encontraste un día en la habitación de tu nieta Sofía-

-Ni me recuerdes esa triste historia que ya mi hermosa Sofía está bendecida, en victoria, y casada con Don Miguel-

-Don Miguel… Ese es un Daniel en chiquito…-

-¿Perdón?-

-Que apetece un tintico, ¿no crees?-

-Vertulia no seas tan borracha pues, por eso es que te dicen la Aguardiente donde Josefa-

-Oiga doña si yo me refería a un tintico de café, ¡no sea chismosa!-

-Sí, sí… Café. Yo sé cuál es ese café que le pides al chino José cuando vas por tu dólar de lotería…-

-Que te coma la lengua el talingo que cagó a Don Ernesto, ¿me oíste? Que te cague bien cagada también-

Vertulia y Migdalia no dijeron más nada por un rato y yo lloraba de la risa en silencio. Miré hacia el cuadrado con números rojos, ciento ochenta y ocho. 188. Si este reloj iba a ese paso no quiero ni saber cómo va el del piso 4. Y apenas son las ocho menos cinco de la mañana. Decidí caminar por el pasillo, a ver qué otra curiosidad me encontraba. La próxima vez que vaya donde la puta Marcela le llamaré Vertulia. Vertulia es una vieja fogosa.

4

En un pequeño cuarto que tenía muchos trapeadores se escuchaba una salsa sensual de Maelo Ruiz por una desesperada radio que sonaba más a ballena moribunda. Quise bailar pegado con la enfermera que pasó apurada por uno de los pasillos, qué cabello rojo más teñido, qué mentira más guapa.

“Personal de ortopedia por favor presentarse en la sala quince para la disección fijada a las ocho de la mañana… Personal de ortopedia por favor presentarse en la sala quince para la disección fijada a las ocho de la mañana… Personal…”

Ojalá supiera cuál es la sala quince para poder ver la dichosa disección…-

En el fondo de uno de los pasillos divisé un milagro caído del cielo. Me acerqué mirando cuidadosamente hacia ambos lados haber si alguien venía a buscarlo y revisé si estaba lo que quería. El carrito dispensador de medicamentos estaba lleno de pastillas de muchos colores y esos vasitos divinos que más parecen ideados para unos tragos de tequila.

-Oh santa divina conciencia maligna- dije, en voz alta.

Rellené cada vasito con un cóctel supremo de delicias y me alejé del pasillo. Eran las ocho y siete minutos de la mañana. 8:07.

-Medicamento de las ocho…- repartí a una señora cubierta de vómito.

-Medicamento de las ocho…- otro señor con la bacinilla llena.

-Medicamento de las ocho…- un cuarentón con un tubo que salía de su cadera.

-Medicamento de las ocho…- otra señora con pocos días de vida.

Cuando terminé con el pasillo volví a dejar el carrito en su lugar como cualquier niño en una tienda cuando su madre le manda a devolver el juguete a la estantería. Y ahí mi intelecto me volvió a sorprender como muchas veces lo hacía. Dios… Amo mi diminuto cerebro…

-Disculpe, señora. Estoy perdido. Me dijeron que la charla de A.A. de las 9 se adelantó pero no me informaron el piso, ni la sala, nada-

-No le sabría decir, joven. Pero vaya al piso 9 y pregunte por la señora Carmelita, ella le podrá informar sobre la charla del día de hoy-

Bajé corriendo divertido las escaleras y me adentré al piso. Encontré a la señora Carmelita y ella encantada me guió a una puerta con el gran 10 oxidado en ella y dentro había café, olor a cigarrillos, sillas viejas, ventanas abiertas y abanicos de techo.

-Muy buenos días, compañero. Por favor toma esta etiqueta, escribe tu nombre y cuéntanos tu historia-

Escribí un nombre muy apropiado para la situación.

-¡Hola Poe!- dijeron todos a la vez y yo estaba profundamente conmovido de mí.

-¿Tienen tiempo para escucharme mientras me quejo de muchas cosas y nada a la vez? Soy de esos melodramáticos tontos, neurótico hasta los huesos, de eso no hay duda alguna. A veces me asusto a mí mismo, mi mente me hace trucos, todo se adhiere y pienso que me voy a derrumbar, ¿solamente estoy paranoico o drogado? Fui al psiquiatra para analizar mis sueños, aunque debió ser un psicoanalista, la psiquiatra igual no dijo nada, me cobró los ochenta de la consulta tranquilamente. Ella me dijo que lo que tenía era falta de sexo así que fui donde una puta. Él me dijo, perdón, Ella me dijo que era un aburrido y que dejara de quejarme, que la estaba fastidiando… Yo estaba fastidiando a una puta… En fin, soy Poe, llegué tarde a la charla… Y estoy completamente empapado. ¿Alguien tiene un cigarrillo?-

Oí cómo los demás aplaudían inseguros y uno de ellos mirándome al alma me extendió el brazo para poner a mi alcance una caja de cigarrillos que tenía en la mano, tomé uno que se sobresalía de la misma con mis labios y luego me dio un encendedor con la otra mano. O dulce sensación de calidez interior.

-Hola, mi nombre es Steve-

-¡Hola Steve!-dijimos todos en coro.

-Tengo veinticinco años y soy un obsesivo compulsivo que dejó de tomar hace tres meses. En mi casa todo tiene etiqueta. Todo debe tener un nombre y estar organizado exactamente donde debe estar, para mi tranquilidad. Tenía que tener siempre licor en la casa. Leí en un libro una vez que un hombre sin bebida, cigarrillos y putas es un hombre incompleto…-

Amén a eso-

Bostecé y me levanté. Quería saber si una de estas etiquetas me serviría para volver al piso 11.

5

Me senté a jugar con Don Camilo un rato a Bob el Constructor. Mi nombre esta vez era Alberto. Seguía lloviendo.

-El peso de un cubo es más grande que el peso de un cilindro… Si medimos la densidad del agua de este vaso podremos ver que es más liviana que uno con saliva…-

Don Camilo era un salivoso.

No podía dejar de mirar las puertas que no había percatado la vez anterior. Sus dos ventanas, ambas a un lado de la otra, eran como dos ojos gigantes cuadrados que te miraban intentando encontrar la luz. Quería ver porqué toda esa sección estaba a oscuras.

-Ahora vuelvo, Bob-

-Bob, Bob, Bob, Bob- estaba haciendo burbujas con su saliva.

Abrí una de las puertas con cuidado para que no chillaran los goznes. No se escuchó nada, no se veía nada. Cerré la puerta tras de mí y me recosté a una de las paredes mientras esperaba que mi vista se adaptara a la oscuridad, como la de un gato. Vi que casi al fondo del pasillo la luz entraba por una de las ventanas. Había muchas cosas regadas por el lugar. Era una sala abandonada, sentía cómo me iba tragando y el sonido de lo demás se apagaba. Me senté en un largo sillón de foami duro y miré alrededor. Seguía lloviendo. La luz tenía serpentinas de sombras entrecortadas donde la lluvia pegaba en el cristal. Era relajante. Relajante después del espacio caótico de mi pequeña presencia en este gran lugar.

-Mi abuela no es mi abuela- dije, en voz alta para nadie.

-Es la señora que me acogió cuando estaba pequeño…- seguí diciendo y me acostumbré a la respuesta del silencio.

-No tengo padres… No tengo novia… Tengo una puta que me sirve de vez en cuando… Tengo veinte dólares para sobrevivir esta semana y luego a empaquetar de nuevo en el súper… Mi abuela me da de comer, me da techo, algo de ropa, y cigarrillos… Mi abuela fuma también… Clocamatrán para el culo… Pentonil para los ojos… Cirulo para el hígado… Tuzicelpan para los nervios… Nervios… Nervios… Como ramas de un árbol muerto… Hace aproximadamente dos años y tres meses que dejé de quejarme de mi existencia…-

Medité sobre mi gran vida… Mi hermosa y perfecta vida… Mi complaciente y satisfactoria vida… Y al frente de mí había un estetoscopio viejo y polvoriento, una de sus olivas ya no existía. Me lloraba la vista porque tenía los ojos muy abiertos, las pupilas desorbitando de los párpados, y tronó.

-Do you have the time… To listen to me whine… About nothing and everything all at once… I am one of those… Melodramatic fools… Neurotic to the bone… ¡No doubt about it!-

El trueno siguió más fuerte y la luz parpadeó por la ventana.

-Sometimes I give myself the creeps… Sometimes my mind plays tricks on me… It all keeps adding up… ¡I think I’m cracking up! Am I just paranoid?
Am I just stoned?-

Se escuchó una risa estrepitosa y salvaje de lejos en el otro pasillo.-I went to a shrink… To analyze my dreams… She says it’s lack of sex that’s bringing me down… I went to a whore… He said my life’s a bore… So quit my whining cause it’s bringing her down…-

Llovió más fuerte.

-Sometimes I give myself the creeps… Sometimes my mind plays tricks on me… It all keeps adding up… ¡¡¡I think I’m cracking up!!! Am I just paranoid? ¡¡¡¡Uh, yuh, yuh, ya!!!!-

La luz se estremeció de lejos en el otro pasillo, un pequeño bajón de electricidad.

-Grasping to control… ¡So I better hold on!-

Sentía euforia, lance una patada al aire y me puse de pie en el sillón.

-¡Sometimes I give myself the creeps! ¡Sometimes my mind plays tricks on me! ¡It all keeps adding up! ¡I think I’m cracking up! ¿…Am I just paranoid…? ¿…Am I just stoned…?-

-¡EHHHHH MUCHACHOOOOOO!-

El espanto se asomó con una bata sucia por la puerta de la sala vacía. El señor Mierda Seca tenía una especie de punta en la mano… Las piernas muy separadas… El cuerpo hacia adelante… Listo para correr… Listo para corretearme…

-¡¿CONOCISTE A NAPOLEÓN, VERDAD?! ¡ÉL FUE EL QUE TE MINTIÓ! ¡¿VERDAD?! ¡PUES TAMBIÉN ME MINTIÓ A MÍ! ¡CERDO SUCIO MALAGRADECIDO!-

Vi que la sombra corría hacia mí.

6

Grité y corrí hacia las puertas dobles que estaban más cerca, ambas cerradas.

Miré hacia atrás y casi lo tenía encima, llevaba un escalpelo grande en la mano, eso era lo que llevaba.

Mierda, estoy muerto-

Agarré una silla sin asiento que estaba frente a mí cuando él estaba a punto de acercarse a mi estómago y se la lancé, esto lo contuvo por unos minutos y aproveché para correr hacia las otras puertas. No me pudo alcanzar. Cuando salí choqué de lleno contra otro enfermero.

-¡SE LANZÓ SOBRE MÍ! ¡SE LANZÓ SOBRE MÍ! ¡NO FUI YO! ¡SE LANZÓ SOBRE MÍ!- otras enfermeras se estaban acercando.

Antes de poder decir o hacer algo más, recordé.

253.

Mierda, iba tarde.

Me lancé a una carrera antes de que pudieran reaccionar. Bajé las escaleras sin pensar en el sudor frío que corría por mi cuello, estaba deshidratado, estaba cansado, ¿cuánto tiempo había pasado? Llegué a la dichosa sala, mi paraguas aún descansaba obsoleto contra la pared donde lo había dejado. Me volteé para mirar al gran cuadrado con números en la pared.

255.

-No-

Me acerqué a la joven.

-¿Su número?-

-Doscientos… cincuenta… y tres… 253. Sé que se pasó pero…-

-Tome otro tiquete y espere su turno-

No.

-Joven, solo han pasado dos números, sé que usted podrá entender que llevo aquí desde las siete de la mañana y ya son las, ¿qué? ¡¿Doce mediodía?!-

-Señor, entiendo su predicamento, pero aquí el que espera su turno recibe el despacho. Si no, tome otro número y espere a que lo llamen-

-¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES!-

-Señor…-

-¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES!-

-Señor, cálmese…-

-¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES! ¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES! ¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES! ¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES! ¡DOSCIENTOS CINCUENTA Y TRES!-

-Señor…-

-DOS. CINCO. TRES.-

-Señor, son dos dólares con cincuenta y tres centavos. Sí, tiene razón. Ahora, ¿se lo envuelvo o se lo va a llevar en la mano?-

-¿Perdón?- estaba sudando como puerco. Miré hacia mi derecha esperando asustado a que el señor Mierda Seca me apuñalara en un riñón. Unos ojos marrones aterrados me miraban detenidamente, las manos de esa persona temblaban.

-¿…Señor?- dijo, la cajera, también temblando levemente.

-Clocamatrán para el culo… Pentonil para los ojos… Cirulo para el hígado… Tuzicelpan para los nervios… Nervios… Nervios…-

-Señor…- la cajera estaba a punto de sollozar.

-¡UNA CANASTA DE BASQUETBOL! ¡BAAASSSQQUUUEEETTBOOOOLL!-

Miré mi mano derecha. La tenía roja, llena de salsa de tomate. No. Sangre.

-Basquetbol… Dos con cincuenta y tres… Napoleón Bonaparte…-

Escuché pasos detrás de mí y estaba seguro que el señor Mierda Seca estaba a punto de apuñalarme y respirar en mi cuello.

-Cálmese…- dijo, la persona de ojos marrones de búho.

-¿De quién es esto?- pregunté mirando mi mano… ¿Mi mano?

Se escuchó el chillido agobiante y ansioso de la tetera al estar lista el agua…

-Dos con cincuenta y tres… Señor…- dijo, la cajera en un hilillo de voz.

-Solo tengo veinte dólares para esta semana… Solo veinte dólares… Mi abuela está en el bingo… Llámela… Ella puede pagar la cuenta… ¿Qué cuenta? ¿Qué estoy pagando?- iba a buscar en la cinta de la caja y me di cuenta del objeto en mi mano izquierda, un escalpelo.

Mierda Seca, Don Mierda Seca… Él me agarró… Estoy muerto…

-¿Me mató, verdad?- le pregunté a la angustiada cajera y esta soltó a llorar aterrada… ¿Aterrada de qué?

-¿Dónde estoy?- pregunté mirando alrededor. Podía ver grandes estanterías, llenas de objetos…

-La ferretería…- dijo, el búho de ojos marrones.

-¿Ferretería?- dije, en voz alta.

Nuevamente la tetera chilló desesperada… Se estaba acercando más y más y más…

-¡ESTÁ LISTO EL TÉ! ¡ESTÁ LISTO EL TÉ! ¡DOS CINCO TRES! ¡BASQUETBOL! ¡BASQUET! ¡BASQUET! ¡BASQUET! ¡BASQUET! ¡BASQUET! ¡BASQUET! ¡BASQUET!-

¿Por qué nadie apaga la tetera?

¿Por qué nadie me entiende?

Un sonido seco. El oficial de policía disparó el dardo tranquilizante. La sirena de la ambulancia se escuchaba en la entrada.

FIN.

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