—Hola.
Wao… Estás hermosa. El blanco te sienta muy bien.
Sé que no debería estar aquí. Sé que no quieres que esté aquí. Pero, pues ya no importa, ¿no? Ya pronto se acaba todo. A no ser que se haya acabado y no me he dado cuenta. O no lo acepto, pero con ese velo que tienes puesto voy viendo las cosas más claras. Las voy aceptando.
No tienes que decir nada. Solo déjame decir lo que tenga que decir. Tus palabras hace mucho las dijiste con tus actos, con las miradas que me dabas que me decían: tendrá fin. Así que, déjame hablar.
¿Le contaste al sacerdote?
Sí. Le contaste. Me imagino que fue al momento de confesarte. Irónica acción esa que deben tomar ustedes los católicos. Tampoco era necesario que lo dijeras, cuando me acerqué a saludar a tu madre él estaba con ella, me lo presentó y me miró con un aire de victoria que no se lo quita nadie. Entendí con esa mirada que lo sabía todo. Tranquila, no vine buscando pleito y lo sabes. Vine a reclamar algo de mi orgullo. Eso también lo sabes bien.
¿Sabes por qué lo sabes? Porque me conoces. No hay nadie en este mundo que me conozca como tú lo haces. Ni mis padres, ni mi hermano. Solo tú. Porque son años, mujer. Son años…
¿Alguien más lo sabe? ¿Le has contado a alguien al fin? ¿No? Ok, no. Lo supuse. Y veo que te has quitado la pulsera roja que decías que era tu amuleto de la suerte. ¿Por qué? Si hoy es cuando más de esa necesitas. La idea es no casarse dos veces.
Sabes, en estos días que no te he visto he estado recordando aquella vez cuando te la tejí. ¿Sabes por qué te la tejí? Creo que es una de esas pocas historias que no te he contado. Te la tejí en los días siguientes a la muerte de tu abuela. El día que nos dimos nuestro primer beso. Ese fue el día en que te la di. No sé aún porqué me besaste. Tú siempre has dicho que por impulso. Movida por la desesperación que te causaba el dolor y la impotencia, como una forma de escape. Yo sigo pensando que fue al darte cuenta de lo que mis ojos veían. Anhelaban. Até esa pulsera a tu muñeca izquierda y mis dedos se quedaron en los tuyos. Luego apreté tu mano fuerte y sin querer me incliné un poco hacia adelante. Sé que lo recuerdas bien, no lo cuento para incomodarte, solo lo digo porque lo he pensado en estos días. Tú cerraste los ojos y con fuerza pegaste tus labios a los míos. Sin saber muy bien cómo besar, pero lo hiciste. Luego nos reímos por el mamazo que al mismo tiempo nos pegamos en la cabeza. Actuaste tan rápido que no mediste tu fuerza. A veces, al preocuparme, me toco en ese lugar donde me dolió aquella vez la frente y puedo jurar que tengo aún un pequeño chichón. Me dejaste la frente hinchada como también mis labios.
Años, mujer. Años…
También me di cuenta de que siempre, de alguna u otra manera, he tomado las decisiones de mi vida a través de las tuyas. Escogí mi carrera porque nuestras facultades estaban en el mismo edificio. Me metí a karate porque tú ibas a danza en el mismo lugar, pero el ballet y yo no íbamos. Así tenía una excusa para terminar en tu casa o en la mía después de las clases. Lograba que me fuera bien en las materias en las que a ti te iba mal, para ayudarte. Y logré trabajar independiente para así tenerme a tu disposición… Tan servicial, yo.
Tú, por otro lado, escogías siempre comentándome antes. Como avisándome que ese era el plan en conjunto que debíamos hacer. Si era un curso de francés, íbamos al curso de francés. Si era tu cumpleaños de quinceañera, te ayudaba con los preparativos. El curso de manejo, bueno, ese es un recuerdo bello entre los bellos. Te enseñé yo. El curso solo fue para el papeleo…
No recuerdo cuántas veces manchamos aquellos sillones de ese carro. Quizá ahora que estamos cerrando ciclos debería venderlo.
La única decisión que tomaste sola fue el irte a Inglaterra a estudiar inglés. Querías conocer el mundo. Salir de tu hueco. De este hueco. De esta ciudad. Quizá de mí. Claro, no lo hubieras conseguido, hubiera ido detrás tuyo como perro faldero. Hasta que papá murió y me tocó hacerme cargo de las cosas. De mi madre y mi hermano.
Igual te fuiste. Ahí lo debí saber. ¿Quién hace eso? Sin vergüenza alguna, la noche antes de irte me llamaste. Estabas en tu carro afuera de mi casa. No nos habíamos hablado por tres días. Tres días que nunca habían sucedido. El tiempo más largo sin hablar en aquellos años. Papá tenía cuatro meses de muerto y lo acepto, estuviste ahí. Puede que para hacer las paces contigo misma de que igual te ibas a ir. Recuerdo que entré al coche y entre lágrimas me agarraste el rostro y me besaste. Tan fuerte como la primera vez. Me abrazaste como nunca en nuestras vidas y me dijiste al oído que querías hacer el amor. Y lo hicimos. Tu vuelo casi lo pierdes, te despedí en el aeropuerto con tu familia, volví a casa y estuve sin dormir dos días más. No creo que haya llorado tanto cuando se murió mi padre como aquellas primeras semanas después de tu partida. Se me olvidaba que no estabas y cogía el celular para llamarte y luego me acordaba que cuando aquí era día, allá estabas durmiendo.
No quise interrumpir la vida que te empezaste a hacer allá. Tú poco te comunicaste las primeras semanas. Estabas paseando, descubriendo, viviendo. Viviendo sin mí. Cogiendo un respiro de todo esto que sin querer hicimos y lo entiendo. Lo entiendo muy bien. Lo necesitabas.
Toda tu vida, a cada paso que has dado, siempre he cuidado de que no hubiera un tropiezo al frente tuyo. Tú, acostumbrada a esto, no sabías cómo hacer cosas sin mí.
En ese año y medio llamaste seis veces llorando cuando acá era madrugada, solo para escucharme decir “Hola”, porque me despertabas, porque dejaba el móvil en sonido, porque esperaba esas llamadas. Luego de un poco de llanto más fuerte al oírme, me decías “Te extraño”, yo sonreía. Dormía mejor, era una droga, los días después de ese eran los mejores.
Hasta que empecé a ver en tus redes sociales las fotos de él.
Pocas fotos de tu rostro pones en redes. Siempre ha sido tu perro, la comida que te gusta, tus amistades, yo, todo lo que está a tu alrededor, contadas veces tu rostro. Y luego él apareció en tus redes. Tus historias de Instagram. Escuchabas música nueva. Música que sabía solo podía venir recomendada por alguien. Te maquillabas más y dejabas que te tomara fotos. Ahí lo confirmé. Confirmé porqué te habías ido en primer lugar, porqué ponías de excusa la distancia y tus viajes para no hablar tanto. Porqué todo.
No te pregunté nada. No quería escuchar la respuesta. Dejé de comer, solo aguantaba un yogurt o dos al día. Bajé de peso y le dije a mi madre que era el estrés, pasé más tiempo en el gimnasio, me desmayaba del cansancio. Todo para no escribirte. Tú, a pesar de los miles de kilómetros, lo entendiste. Esa fue la segunda vez en toda nuestra vida que nos dejamos de hablar por un mes. ¿Por qué? Porque en las dos semanas después de verlo a él en tus redes, tu madre me escribió para saber cómo estaba y preguntarme si había logrado hablar contigo para organizar lo de la fiesta por videollamada para el cumpleaños de tu novio.
En esos tiempos me olvidé de mí más que nunca. Empecé a fumar, tomar, comía poco, dormía poco, lloraba con ira. Fue la primera vez que toqué otro cuerpo que no fuera el tuyo.
Entendí el mensaje y te dejé de hablar. Llamaste dos meses después porque tu madre te había dicho, preocupada, que no sabía nada de mí. Recuerdo ese “Hola”. Aún lo siento incómodo, después de tanto tiempo. “Todo bien, todo bien”, te respondí. Guardaste silencio y luego me dijiste algo que ha definido todo lo que hemos sido luego que regresaste de ese país extraño al que te fuiste para poder alejarte de mí: “Se llama Peter”.
Sabías que lo sabía. No sabías qué carajos decir. Podía escuchar el temblor de tu voz. Sé cómo suenas en todos tus estados. Enojada, feliz, nerviosa, excitada, triste, asustada. Sabías también que no había mucho que decir. Que tu llamada por la excusa de tu madre era una excusa en sí misma. Recuerdo tu silencio espantado cuando te contesté: “Hablamos cuando regreses”. Y así pasaron tres meses más. Y luego dos más, después que llegaste. Me fui al interior. No a la casa de campo, esa la conocías bien. Me fui con paradero incierto. No sabía qué iba a sentir ni decir cuando te viera. Así que hui.
Cuando regresé a la ciudad, me enteré por mi hermano que habías llegado para mudarte con tu novio. Que tus padres dieron el visto bueno y que hasta te llevabas a tu perro al nuevo departamento. ¿Por qué lo sabía mi hermano? Porque hablabas bastante con él, para saber de mí.
¿Recuerdas aquella vez que nos volvimos a ver? Cuando por fin te contesté las llamadas. Escogiste un lugar público. Un restaurante que no nos recordara a nada. Un lugar neutro. Decidiste que nos veríamos en el lugar y solo fui porque quería comprobar algo. Sabías que solo había ido por eso. Lo sabías e intentaste que no sucediera. Recuerdo perfectamente cómo desviaste tu mirada para que no pudiera ver fijamente a tus ojos. Como ahora estoy haciendo. Sé todo lo que sientes al hacerlo. Nunca ha sido necesario que me preguntes cómo sé estas cosas. Nunca ha sido necesario… Simplemente es así. Crecimos mirándonos a los ojos.
Esa noche. Aquel restaurante. Empezaste a hablar de todo lo que veías en mi rostro y cuerpo, mis músculos nuevos, mi peso nuevo. Asustada, no dejabas de tomar agua para disimular el temblor de tus manos. Empecé a preguntar por Peter. Todo sobre Peter. Tú respondías cortante, desviando las preguntas, incómoda. Hasta que llegó la pregunta inmadura que sabíamos haría para fastidiarte. Despertarte. “No sabes lo feliz que estoy por ti. Oye, ¿y coge mejor que yo?”.
Se te aguaron los ojos. Tu mirada no se desvió de la mía. Mordiste tu boca por dentro y en ese instante pude leerte. Sabías poco de lo que estabas haciendo. Y sí, lo querías. Y sí, me querías. No querías que hiciera aquella pregunta. No tanto por tu respuesta, sino porque viste en mí lo que tanto temías: me habías roto.
Nunca, jamás, en nuestros más de diez años de conocernos, de querernos, te había hecho sentir así de incómoda.
“Inglaterra te sentaba bien. No debiste regresar”. Fue lo que te contesté.
Te levantaste y te fuiste. Me quedé y pedí un trago. Un whisky con hielo. Mi paladar no aguantaba nada dulce hacía mucho tiempo.
Me terminé el trago, cancelé la cuenta y salí hacia mi coche. Eso es lo que recuerdo con exactitud. Lo demás sigue siendo confuso. Recuerdo por tacto. Me acercaba al carro, lo había desbloqueado desde lejos y justo cuando lo tenía al frente sentí unos brazos rodear mi cintura. No me moví. Por casi un minuto no lo hice, mientras te escuchaba llorar desconsoladamente y sentía tus lágrimas en mi espalda, empapando mi suéter. Me di la vuelta y te abracé. Te aferraste a mi espalda, te guardaste en mi cuello. Ahí seguiste llorando. Entre tus lágrimas escuchaba los “Lo siento”. Y en ese momento, sosteniéndote en mí, me di cuenta de que también lloraba. Recuerdo que giré mi rostro como solía hacer antes de despedirnos y pegué mi cara a tu cabello para olerlo. Era una de las pocas cosas que me solía calmar. Cuando lo hice, sentí cómo mi cuerpo se relajaba. Tú reíste, porque conocías el gesto.
Ahí en ese estacionamiento me di cuenta de que además de seguir tus pasos a lo largo de mi vida, de armarla alrededor tuyo, de ser por ti, para ti, también te amaba a pesar de mis caprichos. Quizá precisamente por eso. Amaba tu vida, tus decisiones, incluso a Peter. Lo amaba tanto como lo detestaba. Porque sabía que tú lo querías.
Me alejé, te besé la mano y tomándote de ella te llevé a tu coche y cuando te pedí las llaves para abrirlo, alejaste tu cartera y me dijiste:
“No”. Lo recuerdo bien. Tus ojos me volvieron a hablar. Habías cambiado. Tu cuerpo había cambiado. Habías peleado contra ti y perdiste. Lo querías.
Ahí supe que por más amor que sintiera por ti, por el futuro que querías crear basado en tus principios, en tus creencias, no podías no necesitarlo. Me abalancé hacia ti y te estrellé contra tu coche. La alarma sonó, lo recuerdo bien, pero ya estaba dentro de tu boca. Tiraste al suelo tu cartera y te aferraste a mi nuca, enrollando tu pierna derecha alrededor de mis glúteos. Lo recuerdo como si estuviera sucediendo ahora mismo.
El velador se acercó a ver qué pasaba y esa fue la señal para pedir un taxi. No podíamos manejar. Solo recuerdo que en el hotel dije “no tenemos reservación”, y un tiempo después ya estábamos en la habitación, en ese enredo que solo conocemos tú y yo.
¿Lo recuerdas? Rompiste mi camisa, desesperada. Mordiste mi cuello para recordar mi sabor y me guiaste, enloquecida, hacia dentro de ti. ¿Lo recuerdas?
Lo siento. Sé que no debo hablar de esto ahora, pero nunca. Nunca. Una noche había sido tan intensa. Nunca. Nunca nada, nadie, ha consumido mi piel así.
Años más tarde, aún me produce escalofríos. Aún tengo el souvenir que me llevé la noche siguiente…
Estuviste cerca de dejarlo. A Peter. ¿Recuerdas? Cuando me notabas distante, cada vez más. Me perdía más. No te contestaba por días. Mi madre no te daba razones mías. Ni mi hermano sabía qué hacía después de atender los detalles del negocio. Te habías comprometido. El día había llegado. El día en el que empecé a tomar una decisión que debí haber tomado hacía tantos años cuando decidiste irte a pesar de que mi papá había muerto: dejarte ir.
Al principio no lo aceptabas. No entendías. Te daba miedo. Te aterraba la incertidumbre en la que me había convertido. Lo aceptaste a la larga… ¿O no? Aceptaste que me alejara. Porque tú también, años atrás, habías decidido irte. Irte de mí.
Sabes. Al sol de hoy no sé si nuestras vidas se cruzaron para crecer y tener un cierre de telón como este. No sé si es que era necesario que viviéramos todo lo que vivimos para crecer y alejarnos. No lo sé. Quizá todo es un saco de mierda. Quizá nada tiene sentido. Quizá nos probamos aquella primera vez porque no teníamos a nadie más. Porque nuestro mundo era de ambas. Solo de ambas.
Me voy, nena. Vine solo para contarte nuestra historia sin muchos detalles. Un resumen de una vida, ahora que empiezas otra.
Deja de llorar, la fiesta te espera. Tu esposo te espera. La vida te espera.
Sé que me amas. Siempre lo harás. También yo. Siempre lo haré. No sé si de aquí a unos años, cuando te des cuenta de todo, me intentes buscar.
No. No exagero. Lo sabes. Mírame a los ojos.
Lo sabes.
Adiós—.