Velorio

Recordatorio:

nombre masculino

  1. Discurso, o parte de un discurso, que hace recordar algo o a alguien.
  2. Estampa con un motivo religioso en que se recuerda la fecha de la primera comunión, el fallecimiento o aniversario de alguien.

Muerte es muerte.

Contemplo el recordatorio de mi padre. Salmo 18: 1-6:

“1 ¡Cuánto te amo, Señor, fuerza mía!

2 El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador;

es mi Dios, el peñasco en que me refugio.

Es mi escudo, el poder que me salva,

¡mi más alto escondite!

3 Invoco al Señor, que es digno de alabanza,

y quedo a salvo de mis enemigos.

4 Los lazos de la muerte me envolvieron;

los torrentes destructores me abrumaron.

5 Me enredaron los lazos del sepulcro,

y me encontré ante las trampas de la muerte.

6 En mi angustia invoqué al Señor;

clamé a mi Dios,

y él me escuchó desde su templo;

¡mi clamor llegó a sus oídos!”

Mi madre le había dicho al encargado del velorio que aquel era el salmo favorito de papá. Me enteré aquel día al ver que sacaba una foto carné de mi padre de su cartera mientras lloraba. Yo estaba de pie, recuerdo que estaba de pie. Es lo único que recuerdo. Al salir caminaba viendo hacia la calle desde adentro de mi cerebro, muy adentro, a veces me pierdo ahí y se me olvida que tengo que salir, se me olvida porque estoy muy cómoda, muy cómoda ahí dentro.

Ahora, en el presente, recuerdo. Recuerdo todo esto mientras examino el recordatorio de papá y veo su rostro. Un rostro que he aprendido a odiar y amar con la misma intensidad. Aunque no sienta en mi corazón un amor, sé que en mi ser está, en algún lado de mi ser está.

Muerte es muerte.

Tío murió hace algunos días. El segundo de cinco hermanos. Todos varones. Todos alejados el uno del otro. Papá y mi tío eran los más cercanos. La única vez que escuché a mi tío llorar fue cuando al teléfono me dijo: “esto es un dolor muy grande, sobrina”, luego de que mi prima le dijo que papá había muerto. Aún no recuerdo cómo pude hacer todo lo que me tocó en aquellos años. Todos los trámites, los pésame, las deudas, plata, plata, plata. El odio, los cigarrillos, el rencor, la ira, la soledad. Hoy detallo todos estos recuerdos contemplando la foto de mi padre, aquella que mi madre aún guarda, impresa en ese recordatorio. La de mi tío llego hace algunos días. Está al lado. Juntos. Al fin.

Siento más que lo que está de memorias.

Detesto los funerales. Creo que es la normativa. Detestar los funerales es irrespetar a la familia del muerto y respetar al muerto. El difunto ya no está, se fue, no es necesario ver a su familia llorar, ellos no quieren que casi extraños los vean llorar. Aquellos a los que llamamos parientes cercanos, son más lejanos que el vecino de al lado, pero hoy me tocó.

Mi tío murió.

Tengo cuatro tíos. Él era el único con el que tenía una conversación de más de dos palabras. El único que me llamaba para preguntarme cómo estaba, a pesar de que debía ser yo quien lo hiciera, quien se acordara de su cumpleaños, no llamarme él para mencionarlo porque sabe que no lo sé.

Día del velorio. Me pierdo en la ida al cementerio. Madre, padre e hijos han sido enterrados en cementerios distintos, por las tantas vueltas que da la vida la familia, nosotros, nunca nos pusimos de acuerdo para decidir por un solo lugar. Aunque nadie planea su muerte, algunos planean dónde descansarán. Nadie, en una vida, piensa mucho en la muerte. Mi tío sí, mi tío sí. Mi padre se cabreaba cada vez que mi madre le tocaba el tema.

Muerte es muerte.

Constantemente veo que los demás lloran a mi alrededor más de lo que yo, por muertes que pasan en mi vida. A veces pienso que lloran porque ven que no hay lágrimas en mí para derramar.  Otras veces pienso que lloran por arrepentimiento más que por dolor, aunque no son conscientes de esto. Llorar en velorios es aceptable. Llorar en bodas, en bautizos, llorar en cumpleaños, graduaciones. Todos los momentos que enajenan felicidad extrema siempre traen escondidas lágrimas para pañuelos. Los velorios no son privados. Si al muerto se le ve bajar en su ataúd para reposar por siempre entre tierra y gusanos, no es privado.

Todos los muertos nos miran mientras vemos al ataúd bajar.

Cuando llegué al lugar no creí lo que veía. Dentro había una capilla. Era abierta, sin paredes, sin puerta. Tenía una fuente detrás del altar. No una común en forma de adorno. No. Era toda una pared de un metro y medio convertida en fuente estilo cascada. Por encima de ella guindaba, imperiosamente, demandante, dominante, la gran cruz que guía nuestras vidas como puntos cardinales (no mires al sur, puerta del infierno dantesco). Me encantó tanto la presentación del lugar que entendí a la vez porqué lo presentaban de esta manera. Alrededor de ese terreno convertido en cementerio existía una sola casa, lo demás era monte. Monte seguramente comprado por el gobierno o algún empresario adinerado. Barriadas olvidadas por estar muy lejos de la metrópolis. Lugar adecuado en el que reposar cenizas que traen muertos que roncan.

Caminé unos pasos. En ocasiones así siempre siento un deseo fuerte de no saludar a nadie. Lo veo irrespetuoso hacia el muerto. Para mí lo ideal es saludar en silencio al muerto y sentarse a esperar la ceremonia necesaria para que pase al descanso eterno. Como un pasaporte, sin ella, no entras al avión.

Saludé a mi tía sin quererlo mucho. Sé lo que se sienten esos saludos. La incomodidad de decir un hola cuando ella está dando un doloroso adiós. Me senté y sentí algunas miradas en mí. Con un espacio tan abierto la ansiedad tomaba partido. Era la más alejada de la familia. Nunca me ha interesado mantener contacto con ellos. Soy muy mía para darme a los demás. Me senté como quien tiene un dolor muy grande como para ser interrumpida en su pesar. Llevaba mascarilla, son tiempos de peste, así que solo tenía que cuidar la inexpresión en mis ojos.

Ojalá todos callaran. Ojalá el muerto se despidiera solo. Olía a cigarrillo.

De pronto, apareció el padre. Se acercó a una de mis primas e intercambiaron unas cuantas palabras. Volteó a verme y asentí con la cabeza. Ella estaba en su luto. Conocía muy bien lo importante de respetarlo. Pocas personas respetan el luto de los familiares del muerto en los velorios. Se acercan casi tocando tu nariz, como para verificarte el dolor en tus ojos.

—Con el clavel se expresa admiración y respeto por el difunto…— dijo, alguien en voz bastante alta cerca del altar. Varias de las personas que estábamos sentadas miramos hacia donde escuchamos la voz y una señora animada, como en un lugar muy distinto al actual, estaba guiando a algunas personas para que conocieran las bondades del negocio. Cuando se dio cuenta que sus posibles clientes miraron hacia la pronta misa, bajaron la cabeza y siguieron caminando, no se le vio ni una pizca de pena. Ignoró todo, como quien lo vive a diario y siguió explicando.

—Las margaritas demuestran lealtad y pureza…— avanzó, alejándose del área. Ninguno de los que esperaba la misa quería hacer un espectáculo ni irrespetar el lugar, guardaron silencio por unos segundos y luego retomaron las conversaciones.

Me pregunto si la querida de mi padre llevó margaritas a su velorio… Olía fuerte a cigarrillo. Me daban ganas de uno.

Busqué al diablillo que profanaba el lugar con ese acto. Volteé un poco hacia donde creía que podía estar el descarado. Cerca de las criptas que contenían las cenizas.

¿Voy?

Muerte es muerte.

Me levanté como quien quiere estirar las piernas un poco. Aún el padre conversaba con mi prima. El féretro no había llegado y mis ganas de salir corriendo estaban cada vez más presentes.

Cuando hice conciencia de mí, estaba leyendo lo que pusieron en una de las criptas.

Salmo 35, versículo 27:

“Canten y alégrense los que están a favor de mi justa causa,
Y digan siempre: Sea exaltado Jehová,
Que ama la paz de su siervo”.

¿Por qué los salmos sonaban a victorias de guerras? ¿Cuál era la guerra? ¿Quién el enemigo? ¿Acaso no hablan en su credo del perdón?

Escuché una risa cerca de donde estaba. Bastante profunda. Me aterré por un momento y quise salir de entre las criptas. Avancé por un camino que había entre ellas, al final encontré un pequeño claro donde había un estanque y una banca de cemento con una forma sentada.

De aquí provenía el tabaco.

Envalentonada, curiosa, me acerqué al estanque para ver si había peces, noté unas pequeñas sardinas. Como no escuché palabras de la forma sentada, me volteé y dije:

—Buen día—

El señor no me miraba, no me respondió el saludo. Me sentí intrusa, miré un poco a mi alrededor y noté estatuas, cruces y algunas lápidas viejas que me parecieron muy curiosas. Me acerqué para distinguir qué decían.

—Un día esas estatuas se van a levantar y se irán de aquí— dijo, de la nada, el señor. Por mi espalda se atravesó un escalofrío que llegó hasta mi nuca. Justo cuando desaparecía detrás de mis orejas, del señor salió una risa lenta y gutural que se desprendía perezosa de su garganta, estremeciendo el aire. Igual a la que había escuchado al estar entre las criptas.

Me volteé para verlo y algo en mí sintió el lugar cambiar. Percibía un gris alrededor que había ignorado hasta ahora. Como una pantalla transparente.

—¿Trabaja aquí? — le pregunté, tímida, no quería irrespetarlo.

—Y vivo aquí— dijo, dejándome ver su rostro. Tenía una pequeña barba de varios días, más gris que negra, su cabello largo, reseco, que caía hasta los hombros también tenía gris y unos cuantos mechones marrones. Llevaba un sombrero de cuero curtido, viejo, carcomido por los bordes del ala, botas de caucho que cubrían hasta las pantorrillas, un overol verde oscuro. Hasta ahora me percataba de que, sobre la banca de cemento a su lado, había un cinturón de herramientas de un azul tirando a gris, roído por los años. Asentí y mi mirada se posó en la pipa que cargaba en sus manos. Era lo más nuevo de todo su conjunto.

—Huele bien— dije, como para conmiserarme, por alguna extraña razón.

—Es lo más fresco que vas a encontrar en este lugar— dijo, mostrando unos dientes casi marrones. ¿Tabaco de mascar? Se volvió a llevar la pipa a la boca y botó otra bocanada de humo. Olía sabroso.

Muerte es muerte.

—¿Has venido a visitar a tu tío? — me preguntó con una naturalidad casi sarcástica. Negué con la cabeza y le dije que aún no llegaba el féretro.

En ese momento caí en cuenta de que no sabía si había empezado la misa. Recordé que tuve un tío que falleció. Me congelé donde estaba.

—¿Cómo sabe que estoy aquí por un tío fallecido? — le pregunté, sintiendo el susto acercándose por detrás.

—Después de tantos años, los muertos me hablan sin pedírselos— dijo, el anciano, sonriendo.

Instintivamente mi postura cambió a una de huida. Un pie delante y otro detrás. Preparada para correr.

—¿Miedo? — me preguntó. Permanecí en silencio, desconfiada, impotente, confundida.

—¿Ves ese cúmulo de tierra preparada allá? —señaló al fondo de esa área, casi pegado a la cerca que dividía el cementerio de otro terreno. Había un cúmulo grande de tierra y todo estaba preparado para bajar un féretro. Al quedarme admirando las estatuas lo había ignorado por completo.

Sin pensarlo mucho me acerqué al lugar. Como jalada por alguna premonición. ¿Sería ese el lugar del descanso eterno de mi tío? ¿Cuántos entierros se hacen en un día? Solo se veían los metros que le toma al ataúd bajar a su sueño, la máquina que lo baja y una carpa para proteger a las personas del sol o lluvia. Y así como la curiosidad me había traído ahí, así mismo me llevaba de vuelta.

El señor seguía en la banca. Me miraba fijamente.

—Déjame adivinar. No te interesa estar aquí. No te interesa la religión, ni el luto, ni el duelo. Aunque todos tenemos un duelo, el tuyo es bastante reciente. Y no el de hoy, el de hoy no duele, no es nada, solo algo de lamento. Tienes otro. Viniste porque es parte de nuestra cultura. Una forma de rendir el último tributo, presentar los últimos respetos. Respetar a los que lloran. Los cementerios, en vez de darte susto, te dan paz. Lo veo en tus ojos, miras alrededor como si fácilmente pudieras poner una hamaca en alguno de estos árboles. Leerte un buen libro, con las tumbas a tu alrededor. Las tumbas tampoco son nada. Al pudrirse son abono para las matas, comida para los gusanos. Siempre dices que no te da miedo morir, pero nunca has pensado en realidad en la muerte. En lo cercana que está de ti. En lo mucho que te mima, ignorándote, todos los días. Todos los días. Está a tu lado derecho, acariciándote el hombro de vez en cuando, pero se aleja. Para ti, la muerte es muerte—

Terminó el anciano y dio una gran calada a su pipa. Luego la volteó y batió contra la palma de su mano, se la limpió en el overol, se levantó y se alejó.

Me quedé de pie, viendo cómo se alejaba. Con mi respuesta aún en la punta de la lengua. Estaba preparada para responderle algo. No sabía qué en específico, pero quería darle una respuesta. Refutarle. Poco a poco el ruido que hacían sus botas de caucho contra la grama se fue desapareciendo. Lo último que vi fue su sombra alejarse entre el camino de las criptas que estaban bajo techo. Molesta, frustrada, incómoda, mi vista cayó en la estatua de esfinge que me había impresionado la primera vez. Pude notar que tenía una frase en su base, de aquellos aforismos que le gusta a la gente imprimir en esos monumentos. Me acerqué para leerla.

“La muerte y sus encantos. La muerte y su victoria. Los fantasmas del pasado. Lo increíble de la memoria. Recuerda lo vivido. Encuentra lo escondido. El cauce te espera. Caminarás sin ser visto. De almas nos hemos forjado. De trozos nos hemos formado. La muerte y sus misterios. La victoria del silencio. Muerte es muerte”.

Volteé de repente. Juré que había escuchado nuevamente aquella risa.

—Prima, te estamos buscando. Llegó el ataúd. La misa va a comenzar—

Miré fijamente a mi prima, el sol pegaba en la cara más fuerte que nunca. Entrecerré los ojos y pegué el dorso de mi mano a mi frente para cubrirlos. Sentí a mi cuerpo erizarse cómodo al sentir los rayos del sol.

Al lado de mi prima, sentado en la banca de cemento, estaba una estatua.

Mis párpados se abrieron y mi respiración se detuvo por un momento.

Era el señor.

Muerte es muerte.

FIN

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