Fósforo

Recuerdo que estando en ese puente sentada un viejo me dijo, «Esto solo lo pinta una enamorada»,

Entonces, me di cuenta,

Estaba rendida a ti,

Sin que ninguna lo planeara,

Tu respiración me inundaba y hacía que perdiera la poca consistencia que guardaba en mí,

Recordé cómo, hacía nada, recorriste con tus dedos de uñas decoradas espacios de mi piel que se erizaban sin la menor pelea,

La afirmación del viejo casi que destruyó mi vida y los ojos se me llenaron de lágrimas sin querer que cayeran,

Me las restregué rápido, nadie se percató de ellas,

Por dentro mi alma intentaba calmarme sin saber mucho qué hacer,

Qué hacer conmigo misma, qué hacer con la vida,

Agarré el cuaderno con fuerza y unas cuantas manchas de pintura que tenía en mis dedos quedaron grabadas en la portada,

Lo miré, como preguntándole, «¿Y ahora qué hago? ¿Dónde me meto o qué escondo?»,

No fue la decisión correcta, caer,

Caer rendida ante alguien que jugó con la lujuria unas cuantas horas y después se fue tranquila a otra travesía,

Alguien que buscaba revolver sábanas,

Reforzar su belleza,

Mientras rascaba una cosquilla que la iba a atormentar de nuevo en otro rato,

Con otro cuerpo al frente,

Encima,

Debajo,

De lado,

De pie y de espaldas,

Entre tantos otros estados,

Me dio una palmada en la espalda, como entendiendo, como de lástima, eso hizo el viejo,

«Uno no se enamora de todas las manos que tocan el piano»,

Sus palabras me hicieron sentir vergüenza, pena, ira y tristeza,

Él sabía,

Yo sabía,

Me habían usado;

Se me cayó una lágrima,

Desapareció en el suelo de aquel puente que hacía épocas se llenó de sangre y sudor,

«Entonces, tome», le dije, arrancando el retrato de la libreta que jamás había perdido una hoja,

«Ayúdeme a comenzar a olvidar,

Deje que lo pierda,

Llévese una parte de mi amor con usted»,

«No», me dijo el viejo,

«Dáselo a ella, así sabrá lo que perdió al apoyar la cabeza en otra almohada esperando el final de siempre,

Hazlo sin esperanza,

Recuerda que de a poco uno va dejando la carga que no tiene peso, pero que nos atraviesa la espalda»,

«No quiero», le respondí, como niña defraudada,

Chasqueó la lengua en su boca y me contempló unos segundos,

Cansado, sacó una caja de fósforos del bolsillo de su abrigo, una caja que parecía reírse de mí,

Me la lanzó, aburrido,

Me quitó el papel de las manos,

Lo arrugó, y yo entré en pánico,

Luego me miró, paciente,

Encendí la mecha, su olor era un enemigo,

Cerré los ojos, acercando la llama,

«No», dijo el viejo,

«Estas cosas se hacen con los ojos bien abiertos,

Para que no las olvide el alma».

-Peffi

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